Hay una pregunta que se hace todo el que sigue a una banda independiente: ¿son mejores en estudio o en vivo? Con Los Fibos no hay duda.

No es que su disco no valga —Música Play-Doh tiene canciones que aguantan bien en los audífonos—. Es que en vivo pasa algo diferente. Algo que tiene que ver con el espacio, la temperatura, la posibilidad del error.

El escenario como laboratorio

Los Fibos no suenan igual dos veces. No es descuido —es filosofía. Carlos alarga los solos cuando la gente responde. Marco hace pausas donde el arreglo no las pide. El resultado es una versión expandida de las canciones, más larga, más ruidosa, a veces más hermosa.

El año pasado los vi en tres shows distintos y ninguno fue igual al anterior.

Lo que aprenden de tocar seguido

En León hay una escena que obliga a los músicos a trabajar. No hay los recursos de la Ciudad de México, entonces o tocas en lo que hay o no tocas. Los Fibos han tocado en bares con capacidad para treinta personas, en festivales con capacidad para tres mil.

Esa experiencia se nota. Saben leer al público, saben cuándo acelerar y cuándo dar espacio. Son músicos hechos en la calle, no en el algoritmo.

La transición al siguiente nivel

La pregunta que todo mundo les hace es cuándo vienen a tocar a la Ciudad de México de manera regular. La respuesta es que están trabajando en eso: más contactos, más booking, más presencia en plataformas.

Mientras tanto, León los tiene. Y León no se los merece tanto como ellos merecen más.


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